Friday, March 05, 2010

KLOSTER & VIZCAYA

III. CERVECERIA KLOSTER

Descubrí la Kloster porque a mi padre le gusta ir a un par de librerías viejas sobre república de cuba, así que seguido después de encontrar algunas cosas interesantes nos pasábamos a la kloster. Comenzaba a ver a Ayesha también, muchas veces me llamaba y al escuchar de fondo a Julio Jaramillo, sabía que estaba bebiéndome algunas cervezas.
Aye y yo siempre bebíamos en la Roma, de casualidad nos encontramos con un lugarcito, una fonda que por las noches era un improvisado bar con cubetazos de cerveza, 50 pesos por 6 león, tres cubetas nos eran suficiente para después subirnos al auto y terminar en moteles de avenida Zaragoza.

Yo me rompí la mano, ella se indignó y aún así quedamos de vernos por última vez; en esta ocasión sin auto, con mi mano hasta el hombro enyesado y sin medir las consecuencias. En la Kloster Ayesha estaba ya muy dopada, su mirada perdida y reía inesperadamente cuando con desesperación tecleaba su móvil, ni idea a quiénes iban esos msg de texto. Fue una noche desagradable, después fuimos al uta en donceles y todo fue peor; ayesha dopada, riendo, y yo desesperado por salir de aquel lugar.

IV. SALON VIZCAYA

Entre los momentos en los cuales Ayesha era mi droga perfecta y… se convirtió en la mujer imperfecta, una vez pasamos al Vizcaya, era ya tarde, las 12 am y por supuesto estaba cerrado, me quedé contemplando la marquesina apagada, no se de que nos entró la nostalgia, que nos sentamos fuera, solo con un par de Heineken de lata. Después, caminamos a Garibaldi, se consiguió su droga y amanecimos en no se que hotel por mesones. El par de veces que Aye y yo pasamos al Vizcaya no estaba abierto, muchas veces añoré beber con ella aquí, en vez de aquella fonda llena de oficinistas. Quizá Don Augusto no lo sepa y se ha encontrado con Ayesha dopada y tambaleándose por todo el lugar, después de tantos años sin verla tengo flashbacks nebulosos sobre ella. Debería estar aquí, entre todos, con su mirada triste, bebiendo y metiéndose benzodiacepinas y antidepresivos; me gustaría encontrarla por última vez en esta barra, así como a Luis Martignon, muy delgado, acabado, sin dinero pero sin perder ese espíritu de “Leaving las vegas” que alguna vez comentamos con Camaleón, ajuscoman y Gerardo de fuga. Meses después de encontrarme a Martignon en el Salón Vizcaya, supe que murió, dicen que lo atropellaron, que se suicidó… que sigue vivo; incluso, una mujer en London me contactó, no aceptaba su muerte, parece conocerlo bien, me decía que venía ya seguido al Vizcaya, que tenía un hijo, que sabía que el alcohol y la diabetes lo habían terminado.

Yo odio esta ciudad, pero no este espacio, es reconfortante, aún cuando en la soledad solo me beba un par de jarras, además, me he dado cuenta que hay un punto en el que se termina el “dolor emotivo”, quizá por indiferencia, quizá por resignación… de cualquier manera, agradezco, no tener más uno de esos dolores…